El lunes festivo hicimos asado en casa y eso quiere decir que cada quien ya conoce sus roles.
Mauro se encarga del fuego y del carbón para que el ahumador esté perfecto, de las carnes, de la sazón, y ese es todo su trabajo.
Lo hace con la misma emoción de un niño cuando destapa el regalo del niño Dios un 24 de diciembre. No se queja, no se sienta, habla poco y tiene tatuada una sonrisa.
Parece que el ahumador para los hombres o para la edad adulta es el Playstation 5 de la adolescencia.
Yo lo veo desde la cocina y por supuesto, mi rol es, además de comer mucho y comer más, -porque es ley que quien divide las porciones, come un poco más-, me encargo de las salsas, porque parece que soy buena en ello, entonces mi rol es hacer un chimichurri que acompañe las carnes.
Justo después de lavar el perejil crespo y de sacar el ajo, el aceite de oliva, la sal y la pimienta, le digo a Mauro que me pase unas cuantas hojas de orégano que tenemos sembrados en el balcón.
Cuando ya parece que tengo todo listo, agarro el celular y busco desesperadamente algo para ver, escuchar. ¿Un podcast, un capítulo de alguna novela, alguna serie? ¿Tiktok, X? un video largo, un storytime de algún desconocido quejándose de algo o algún chisme. Lo que sea menos quedarme en silencio mientras hago el chimi.
Así que, mientras el perejil espera a que lo pique en pedacitos diminutos, yo estoy ahí, con una necesidad absurda por el ruido, por “entretenerme” en medio de una actividad que pide mi atención y mi cuidado.
Llevaba al menos cinco minutos y no encontraba qué ver o qué poner para empezar a hacer el chimi y fue como un empujón a mí misma: ¿Qué estoy haciendo? ¿qué dependencia tengo del celular y las redes sociales? ¿por qué ya no puedo cocinar, bañarme, cepillarme los dientes, aplicarme crema en el cuerpo o comer sin el ruido constante del celular? ¿de qué siento que me estoy perdiendo?
Lo hice a un lado y me concentré en mi única tarea: hacer un chimichurri, y lo único que puedo pensar desde ese día es el deseo de saber estar presente.
Estar presente en los momentos que nos da la cotidianidad: hacer una comida deliciosa para ti y para los tuyos, escuchar una canción y solo hacer eso: escucharla, leer un libro sin mirar el celular cada diez segundos, hablar con tu hermana y escucharle sus anécdotas del día. Hacer una sola cosa. Una y nada más.
El ruido, el falso entretenimiento, la prisa y la eterna comparación de lo que vemos en redes nos está alejando de lo esencial. Nos creímos el cuento de “si no estás en redes no existes” y la verdad es que, la vida está lejos de un celular.
Esta es una reflexión o quizá, una invitación. Un deseo a querer estar presente en las pequeñas cosas cotidianas de la vida, porque la vida es este instante en el que estás respirando, porque nada merece más nuestra atención y nuestra mirada como aquello que estamos haciendo en este momento.
Y eso es todo lo que quería compartirte. ¿A ti te ha pasado algo parecido? ¿te cuesta estar presente?
Si deseas responderme este correo, yo estaría feliz de leerte.
Un abrazo,
Aleja de Felica letras.
